Nada en contra de cucharas y tenedores de acero inoxidable, aluminio ligero y hermoso titanio. “el rincón de Begoña del Teso”

Nada en contra de los cuchillos enriquecidos con aleaciones de níquel y mangos de polímeros. Nada contra de esas hojas bellísimas y afiladísimas trabajadas en cerámica, en esa cerámica hiper resistente que es la de dióxido de zirconio, tan dura y a la vez tan ligera. 

Nada en contra de los cuchillos enriquecidos con aleaciones de níquel y mangos de polímeros. Nada contra de esas hojas bellísimas y afiladísimas trabajadas en cerámica, en esa cerámica hiper resistente que es la de dióxido de zirconio, tan dura y a la vez tan ligera.

Nada en contra. Pero dado que nos hemos embarcado en la aventura de comer y beber sano, de comer y beber natural, de comer y beber  sin dañar al planeta, sin arrasar bosques y mares, sin agostar los campos  y contribuyendo al mismo tiempo al bienestar de aquellos que son los auténticos dueños de esas tierras y esas aguas, los que las trabajan con mimo y respeto,  , los que en las Bienaventuranzas se escucha que poseerán la tierra, podríamos empezar a usar cucharas, cucharones, palas, morteros, cuencos y molinillos hechos de madera.

Desde que el mundo es mundo y lo habitamos nosotros (en compañía de otras bestias, otras plantas…) hemos comido con las manos (placer absoluto…), con palillos, con hojas de morera usadas para recoger los granos y frutos que quedaban en la olla compartida. De madera era la cuchara con la que el pastor tomaba sus migas y de latón, la jarra del café o del whisky del vaquero .

Pasan siglos y milenios y volvemos a desear que nuestras cucharas, nuestros tenedores, nuestros molinillos sean de bog o de haya. En Kitzin os los proponemos de olivo, que es árbol eterno, divino y santo. No solo porque la paloma le llevase a Noé una de sus ramas como confirmación de que las aguas ya no cubrían la Tierra, no solo porque Cristo ascendiera a los cielos desde el Monte de los Olivos (Yabal al zaitun, al este de Jerusalem), el mismo donde había sido prendido, en oración, por los soldados romanos.

No solo por eso, que ya sería bastante y mucho sino que en otros tiempos y con otros dioses, una ciudad entera fue puesta bajo la protección de una criatura olímpica porque había hecho surgir de la tierra, un olivo.

Sucedió cuando los dioses moraban en el Monte Olimpo. Sucedió en lo que hoy es Grecia y en un ayer muy lejano fue el Ática. Deseaba el Señor de los Mares, Poseidón, poseer el lugar, pero eran sus maneras tan rudas que no se le ocurrió otra cosa que clavar, feroz, su tridente en la tierra para que brotase agua.

Por el contrario, Atenea, hija del mismísimo Zeus y de la no menos divina titánide llamada Metis, era sabia, prudente, justa protectora de las artes y las ciencias. También era diestra en el combate, diosa guerrera cuyo animal simbólico era la lechuza.

Deseaba ella igualmente reinar sobre el Ática. Reuniéronse los dioses para contemplar el singular combate entre ella y Poseidón pero cuando vieron que Atenea plantaba en la colina las semillas de un olivo, no cupo duda alguna en el Olimpo: no había mayor ni mejor don, presente o regalo a para quienes habitaban ese lugar que el árbol de las aceitunas y de su oro líquido, el aceite. Y Atenea fue nombrada diosa protectora de lo que hoy es Atenas.

Olivo… árbol sagrado y mítico en toda la cuenca mediterránea. Olivo, árbol casi inmortal. Olivo, tan de raíz y de cuajo que cuando un ejército invasor quiere minar la moral y el ánimo de quienes marchar no desean de los territorios ocupados por la fuerza, arrancan esos árboles, símbolo cultural y agrícola de todo.

De olivo hay en Kitzin cucharas y cucharones, tablas para cortar queso o carne, morteros y molinillos. De olivo de la Tierra Santa. De olivo de Palestina.

https://www.hlhcs.org/en/

Domingo Lunes Martes Miércoles Jueves Viernes Sábado Enero Febrero Marzo Abril Mayo Junio Julio Agosto Septiembre Octubre Noviembre Diciembre